Cada 10 de enero se conmemora el Día de las Mujeres Migrantes, una fecha de alcance internacional que busca visibilizar una realidad estructural: la de millones de mujeres que migran y enfrentan doble desigualdad, por su condición de género y por su condición migrante.
El 10 de enero fue elegido en memoria de Marcelina Meneses, una mujer migrante boliviana que en 2001 fue empujada desde un tren en la ciudad de Buenos Aires junto a su hijo de diez meses. El crimen, atravesado por el racismo, la xenofobia y la violencia estructural, se convirtió en un símbolo de las condiciones extremas que enfrentan muchas mujeres migrantes.
A partir de ese hecho, organizaciones de mujeres migrantes y de derechos humanos impulsaron la fecha como una jornada de denuncia y visibilización, no como un homenaje individual, sino como la representación de una violencia que no fue un caso aislado, sino parte de un problema estructural.
El Día de las Mujeres Migrantes nace así, desde una historia concreta, para poner nombre, cuerpo y contexto a una desigualdad que atraviesa fronteras y sigue vigente.
Durante décadas la migración fue contada casi exclusivamente en clave masculina. Las mujeres aparecían como “acompañantes”, cuando en realidad migran solas, como jefas de hogar, sostienen familias en origen y en destino, ocupan sectores clave de la economía: cuidados, trabajo doméstico, salud, agricultura, comercio informal.
Sin embargo, ese aporte central convive con precarización, informalidad y falta de derechos.
El Día de las Mujeres Migrantes surge para romper esa invisibilización y poner el foco en las condiciones reales en las que viven y trabajan.
¿Cuál es la problemática que atraviesan?
Las mujeres migrantes enfrentan obstáculos específicos que se repiten a escala global como, explotación laboral y salarios más bajos, trabajo no registrado y sin protección social, trabajo no registrado y sin protección social, violencia de género, abusos y acoso, muchas veces agravados por el miedo a denunciar, xenofobia y racismo, tanto institucional como social, Dificultades para acceder a salud, vivienda, educación y justicia.
A esto se suma una carga desigual de tareas de cuidado y la responsabilidad de enviar remesas, sostener vínculos familiares a distancia y adaptarse a nuevas culturas.
¿Por qué sigue siendo relevante hoy?
Porque la migración femenina no disminuyó, sino que creció y se complejizó.
En la actualidad más de la mitad de las personas migrantes en el mundo son mujeres, muchas migran empujadas por la pobreza, la violencia, los conflictos o la falta de oportunidades. Siguen siendo esenciales para el funcionamiento cotidiano de las sociedades, pero no acceden en igualdad de condiciones a derechos básicos.
El Día de las Mujeres Migrantes incomoda a algunos porque pone en discusión relaciones de poder que muchos prefieren no ver y cuestiona el relato “neutral” sobre la migración. Hablar de mujeres migrantes obliga a decir que no todas las personas migran en las mismas condiciones, que el género sí importa y que la pobreza, la violencia y la desigualdad expulsan. Eso choca con discursos que presentan la migración solo como un “problema de fronteras” o de “seguridad”.
¿De qué trabaja la mayoría de las mujeres migrantes?
Cuida niños, adultos mayores y personas enfermas, limpia casas, hospitales y escuelas, produce alimentos o es trabajadora sexual. Es decir, sostiene la vida, pero en condiciones precarias y visibilizarlo implica preguntar quién se beneficia de esa desigualdad y eso a algunos les molesta. Esto incomoda a sectores políticos y la fecha suele ser criticada por sectores que rechazan la perspectiva de género, promueven discursos xenófobos antiinmigración, o niegan la desigualdad estructural. Para esos sectores, hablar de mujeres migrantes es “ideología”. Para quienes viven esa realidad, es derecho básico.
Por eso, cada 10 de enero no se celebra: se interpela. Se interpela a los Estados, a los medios y a las sociedades que se benefician del trabajo de las mujeres migrantes mientras les niegan derechos. Visibilizar su realidad no es ideología: es reconocer que sin ellas gran parte de la vida cotidiana no funcionaría, y que la igualdad de derechos sigue siendo una deuda pendiente.