Antes de que se entreguen los Golden Globes 2026, vale recordar el escándalo que los cambió para siempre: en 2021 una investigación destapó que entre los votantes no había ni un solo integrante afrodescendiente, y que estudios y plataformas pagaban viajes y regalos a los jurados. Ese episodio llevó a que NBC dejara de transmitir la ceremonia y a que la organización histórica fuera disuelta. Detrás del glamour, hoy los Golden Globes son sobre todo un negocio millonario y un espacio de disputa cultural.
Este año se entregan los Golden Globes, uno de los premios más comentados del mundo del entretenimiento. Pero entenderlos exige correr el foco del brillo de la alfombra roja: quién los organiza, quién los financia y quién decide a los ganadores cambió radicalmente en los últimos años.
Durante décadas, la ceremonia estuvo en manos de la Hollywood Foreign Press Association (HFPA), un grupo de menos de 90 periodistas extranjeros con sede en Hollywood. En 2021, una investigación de Los Angeles Times expuso que no había integrantes afrodescendientes entre los votantes, que hubo viajes, regalos y beneficios pagados por estudios y plataformas, y que no existían reglas claras sobre conflictos de interés. El escándalo fue tan grande que NBC dejó de transmitir la ceremonia en 2022.
Como resultado, en 2023 la HFPA fue disuelta y la marca Golden Globes pasó a manos privadas. El control quedó en un holding vinculado a Eldridge Industries, el grupo financiero liderado por Todd Boehly —el mismo empresario detrás del Chelsea FC y accionista de medios y entretenimiento—. La producción del evento quedó a cargo de Dick Clark Productions, una de las mayores empresas de eventos televisivos de Estados Unidos. Hoy, los Golden Globes se financian con derechos de transmisión, publicidad global y acuerdos con plataformas de streaming y estudios.
En 2026, los ganadores no los define el público ni un jurado independiente, sino un cuerpo de votantes privados: periodistas internacionales seleccionados y críticos y analistas reincorporados tras la disolución de la HFPA. El número de votantes se amplió y ya supera el centenar, pero el sistema sigue siendo cerrado: no se publican los criterios exactos de votación, no hay auditoría externa abierta y las reuniones no son públicas. Cuando un premio puede mover contratos, inversiones y carreras, esa concentración de decisión es poder real.
Los Golden Globes funcionan además como antesala de premios mayores, como el Oscar y el Emmy, y como señal para el mercado. Un premio puede aumentar la recaudación de una película, impulsar una serie en streaming y definir contratos y proyectos futuros: no se trata solo de prestigio artístico, sino de millones de dólares en juego.
La temporada de premios es, de hecho, una industria en sí misma. Estudios y plataformas como Netflix, Amazon Prime Video, Disney, Warner Bros. Discovery y Apple TV+ destinan millones de dólares a campañas para posicionar sus producciones: eventos exclusivos para votantes, proyecciones privadas, publicidad en medios especializados (Variety, Hollywood Reporter, Deadline) y presencia constante en redes y prensa. Este mecanismo, conocido como award campaigning, no es ilegal, pero genera una desigualdad evidente: quien tiene más dinero tiene más chances de ser visto, recordado y votado.
El cine y las series no solo entretienen: enseñan implícitamente cómo ver el mundo. A través de historias, personajes y conflictos, instalan ideas sobre quiénes son los «buenos» y los «malos», qué países representan el orden y cuáles el caos, y qué violencias son justificables. Controlar esa narrativa es una forma de poder blando (soft power) que no se impone con ejércitos, sino a través de la industria cultural. Entre los mensajes que se repiten, no siempre de forma explícita: Estados Unidos como salvador global, intervenciones militares presentadas como necesarias, países del Sur global retratados como corruptos o violentos, fuerzas de seguridad glorificadas incluso cuando violan derechos, y empresarios tecnológicos mostrados como visionarios y nunca como concentradores de poder.
Durante su presidencia y después, Donald Trump convirtió a Hollywood en un enemigo político explícito: acusó a la industria de ser «liberal», «progresista» y «antiestadounidense», y denunció a los premios y a los artistas como parte de una élite desconectada del «americano común». Más que la veracidad de esas acusaciones, lo central era desprestigiar a la industria: esta disputa no es moral, sino por el control del sentido común. Trump no rechaza el poder cultural, busca imponer otro relato: nacionalismo estadounidense fuerte, militarismo presentado como defensa del orden, empresarios como héroes individuales, criminalización del migrante y desconfianza hacia los organismos internacionales. Esa influencia no circula de forma directa, sino a través de grandes conglomerados mediáticos conservadores y de empresarios aliados al Partido Republicano.
Hoy, Netflix, Amazon, Disney y otras plataformas exportan narrativas a escala planetaria: una serie producida en Estados Unidos se estrena el mismo día en América Latina, Europa, África y Asia, subtitulada o doblada, pero no cuestionada. No es casual que muchas historias latinoamericanas solo se vuelvan visibles cuando pasan por el filtro de productoras estadounidenses. Para los países del Sur global, el impacto es profundo: se naturalizan jerarquías entre países, se refuerzan estereotipos culturales y se debilita la producción audiovisual local. En líneas generales, la narrativa que se impone promueve el liberalismo económico como horizonte inevitable, la meritocracia individual por sobre las soluciones colectivas, la despolitización de las desigualdades estructurales y la criminalización de la protesta social.
Aunque la organización de los Golden Globes fue reformulada, siguen abiertas preguntas centrales: quién controla hoy a los nuevos votantes, qué límites reales existen entre periodismo y lobby, y cuánto pesan los acuerdos comerciales en las decisiones finales. La opacidad no desapareció: cambió de forma. El impacto, de todos modos, es directo: las películas y series premiadas dominan los catálogos e imponen tendencias culturales globales, también en Argentina. Por eso, mirar los Golden Globes con lupa no es cinismo: es alfabetización mediática. Son, a la vez, un negocio millonario, un espacio de poder cultural y una disputa por quién cuenta el mundo.
Glosario
- HFPA: sigla de Hollywood Foreign Press Association, la asociación de periodistas extranjeros que organizó los Golden Globes hasta 2023, cuando fue disuelta tras un escándalo por falta de diversidad y conflictos de interés.
- Award campaigning: las campañas de publicidad y relaciones públicas que estudios y plataformas hacen para posicionar sus películas o series ante los votantes de un premio.
- Soft power (poder blando): la capacidad de influir en las ideas y valores de otros países a través de la cultura, sin usar la fuerza militar.
- Streaming: sistema para ver películas y series por internet, sin necesidad de descargarlas, a través de plataformas como Netflix o Disney+.
- Holding: una empresa que controla o es dueña de otras empresas.
