Mucha pornografía y poca educación sexual. Sra. Playmen, la nueva serie de Netflix, convierte el deseo en un campo de batalla: erotismo, poder y machismo chocan cuando “la mujer de…” deja de ser objeto y pasa a decidir qué se muestra y quién mira.
En la Roma de los años 70, una mujer traicionada por su esposo toma una decisión impensada: hacerse cargo de una revista erótica. No para escandalizar, sino para sobrevivir. Sra. Playmen —miniserie dramática inspirada en hechos reales— parte de un conflicto íntimo para exponer algo mucho más grande: cómo el machismo administra el deseo femenino y quién tiene derecho a nombrarlo.
La historia está inspirada en Adelina Tattilo, empresaria italiana que en los años 70 asumió la dirección de la revista Playmen tras la muerte de su marido. En una industria dominada por varones, Tattilo no solo sostuvo el proyecto: lo transformó, enfrentando censura, presión política y estigmatización social por ser una mujer al frente de un medio erótico. Su figura encarna una ruptura incómoda: la de una mujer que deja de ser “acompañante” para convertirse en decisora.

La protagonista entra así en un territorio históricamente masculino, donde el cuerpo de la mujer es objeto, pero nunca sujeto. La paradoja es que la sexualidad femenina está en todas partes, pero la mujer no puede hablar de ella sin ser juzgada. Y ahí empieza el conflicto de poder, no solo con su marido, sino con un sistema que atraviesa todos los aspectos de su vida.
Michel Foucault lo explicó en Historia de la sexualidad: el sexo no se silencia, se regula, se clasifica y se vigila. El hogar, la familia, el matrimonio y también la educación funcionan como micro-instituciones donde ese control es cotidiano y normativo.
Ese sistema de poder que refleja la serie no quedó en los 70. Se traslada al presente. En Argentina, en 2025 se bloqueó el acceso a materiales de Educación Sexual Integral (ESI) en la Ciudad de Buenos Aires bajo la excusa de una “revisión neutral”, limitando el acceso a contenidos de sexualidad basados en evidencia.
Los números muestran que ese vacío de comunicación e información tiene correlatos concretos en salud pública. La distribución de preservativos por parte del Estado cayó a niveles mínimos: solo 209.328 unidades distribuidas en 2024, la cifra más baja en 16 años.
El impacto epidemiológico no se hizo esperar. Las infecciones de transmisión sexual (ITS) están en aumento sostenido: en 2024 se reportaron 36.917 casos de sífilis, récord histórico, y en 2025 la curva siguió en ascenso, con casi 36.702 casos en las primeras 44 semanas del año.
Además, alarman los datos sobre VIH: el 98 % de los nuevos contagios se produce en relaciones sin preservativo, y la falta de testeos regulares agrava la detección tardía de infecciones.
Estos datos duros muestran que la sexualidad —tema central de Sra. Playmen— no es solo una cuestión cultural o de ficción. Es una política pública débil, una educación recortada y una salud preventiva al borde del colapso. La serie pone el foco en cómo se nombra, controla y juzga el deseo, y en ese espejo se reflejan las consecuencias de no hablar de sexo con información ni con derechos.
La mujer de la serie no solo debe dirigir una revista erótica. Debe hacerlo sin “parecer puta”, sin “perder prestigio”, sin “romper la familia”, sin incomodar demasiado. El deseo femenino es tolerado solo si se mantiene dentro de límites aceptables. Cuando los cruza, el castigo no siempre es explícito: aparece en la culpa, en el desprecio social y en la sospecha constante.
Foucault diría que el poder no necesita prohibir cuando logra que los cuerpos se autocontrolen. Retenga esa frase. El poder —en la serie, el machismo— no siempre grita: se disfraza de consejo, de protección, de moral, de sentido común. Y ahí resulta más efectivo.
Ambientada en una época de cambios culturales, Sra. Playmen no romantiza la liberación sexual, en cambio la muestra como un proceso incómodo, contradictorio y lleno de resistencias. Porque no se trata solo de sexo, sino de quién decide sobre los cuerpos, quién los narra y con qué palabras.
La serie dialoga con un presente donde, pese a avances formales, el tabú sobre la sexualidad y la falta de políticas públicas robustas siguen marcando una asimetría de poder. Porque cuando una mujer toma la palabra sobre su deseo, lo que está en juego no es la moral: es el control social y sanitario de los cuerpos.